El Discurso de la Justicia en México Frente al Discurrir de la Justicia en Estados Unidos

El Discurso de la Justicia en México Frente al Discrurrir de la Justicia en Estados Unidos
Junio 2012

Por Germán Martínez Cisneros

Ensayo realizado a raíz de mi visita a Boston, para conocer el sistema de justicia de nuestro vecino país del norte.

INTRODUCCION.

Si los mexicanos queremos hacer un verdadero cambio en el sistema de justicia penal tenemos que partir de un adecuado bagaje de conocimientos. Me atrevo a decir que necesitamos de una auténtica reforma cultural que trascienda las fronteras de lo jurídico.

Como punto de inicio no estaría nada mal hacer un buen ejercicio de autocrítica ¿En que hemos fallado como personas y como funcionarios? Esa es una pregunta obligada para comenzar este proceso. Para conocer la respuesta es necesario tener referentes y creo que en este viaje hemos encontrado los puntos de comparación que nos eran útiles para ese objeto. De eso voy a hablar en este texto.

CUANDO LOS IDEALES SE VUELVEN DERECHOS.

Nuestra relación con este país ha fluctuado, como típicos vecinos, entre el amor y el odio, el rechazo y la admiración, la alegría y la tristeza. Nuestras naciones a veces han estado tan cerca que hasta nos han considerado socios comerciales (lo cual en nuestro tiempo es un gran cumplido) y otras veces nos hemos apartado tanto que nos vemos como si fuéramos seres de otro planeta, incapaces de tener algo en común aparte de una frontera que cada vez se vuelve más dolorosa para ambos lados.

Como parte de este ejercicio crítico, que implica ser realmente objetivo, tengo que admitir que evidentemente tenemos muchas diferencias entre mexicanos y norteamericanos, las vemos de inmediato en cuanto cruzamos la línea fronteriza, se expresan para nosotros en un evidente orden, en seguridad, en limpieza; lo sentimos en nuestro ánimo que de pronto se inclina más hacia un sentido de responsabilidad de nuestras mínimas acciones y un presentimiento de consecuencia inmediata si nos apartamos de lo estipulado; por eso, en este viaje, hemos tratado de ser puntuales, callarnos cuando habla el docente, cumplir con nuestras tareas más esenciales, etcétera.

Hablando desde el punto de vista de un juez y centrándome en el tema de la justicia, sobre todo en el sistema de justicia penal que fue el principal tema de nuestro “viaje comparativo”, la diferencia entre ustedes, los norteamericanos, y nosotros, los mexicanos, es muy grande.

Para sentirnos mejor y no condenar abiertamente la labor que me ha dado de comer estos últimos años, podría decir, como lo hacen muchos, que en materia de justicia no estamos en México tan mal y que no están en Estados Unidos tan bien; sin embargo con ello me alejaría de un propósito que ya no admite demoras ni pretextos. Me refiero al propósito de cambio sustancial, que implique la concepción, no meramente contemplativa, de valores sociales y humanos.

Si debo de mencionar la mejor enseñanza que he obtenido de este viaje, indudablemente que sería la visión de las raíces filosóficas que dieron origen a la Constitución Norteamericana y de cómo ese basamento sigue latente en todas y cada una de las acciones que realizan los operarios del sistema de justicia. El discurso de la democracia y de la inmensa importancia que tiene el ciudadano frente a las autoridades, tal vez se ha repetido miles o millones de veces desde que por primera vez quedó dicho: “Nosotros el Pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una Unión, más perfecta, establecer Justicia, asegurar la tranquilidad interior, proveer, para la defensa común, promover el bienestar general y asegurar para nosotros y para nuestra prosperidad los beneficios de la Libertad, establecemos y sancionamos esta Constitución para los Estados Unidos de América.”

Lo mejor de todo es que se trata de un argumento que en este país no cansa, eso me parece sorprendentemente bueno.

Pero, más que el discurso bonito que pueda advertirse en quienes hacen descansar sus acciones en la máxima norma del pueblo norteamericano, por ejemplo los jueces, lo que ahora entendí es la profunda convicción que se tiene en los significados que se desprenden de ese texto. Es un respeto tan profundo por las normas constitucionales, que tal vez por ello había ciertas expresiones que nosotros como mexicanos (acostumbrados a no tomar tan en serio los derechos y nuestros símbolos) no entendíamos y pensábamos que era parte de una deficiente apreciación lingüística.

Ha sido maravilloso escuchar y ver como los ideales de esos primeros hombres y mujeres que formaron las trece colonias, siguen siendo un importante referente para los operarios del sistema de justicia, que representan, aun en la actualidad, valores muy arraigados sobre los cuales se sustenta el procedimiento judicial. A mi manera de ver, es un buen ejemplo de cómo ciertos principios filosóficos pueden llegar a tener efectos utilitarios en una sociedad; le dan coherencia y adhesión al sistema social, hacen sentir a los miembros de la comunidad que es posible hacer las acciones diarias y ordinarias con un sentido de trascendencia.

De esa manera, teniendo muy firme el cimiento humano (por ende espiritual) de los integrantes de una sociedad, esto es, contando con elementos que tienen significado para la totalidad de los ciudadanos o al menos para la gran mayoría que crean firmemente en ellos, todo lo demás, que necesariamente se va formando para dar un buen estilo de vida comunitario, es fácil que fluya con el sentido primigenio, con las ideas básicas y con total apego a ellas, casi inmunes ante cualquier tipo de crisis. Sólo de esa manera yo me puedo explicar cómo fue que se instauró el sistema de juicios adversariales, predominantemente orales, en este país de América del Norte, así como también la presencia eterna del aspecto ético de todos los que directa o indirectamente participan en el sistema (investigadores, abogados, fiscales y juzgadores) y la existencia de la institución de los jurados; dentro de esa estructura de justicia, como imprescindible elemento de cohesión, pervive tenazmente el afán original de lograr una democracia efectiva, más allá de los discursos demagógicos, la cual se concretiza, dentro del sistema de justicia estadunidense, en el principio de presunción de inocencia, de innegable valía para resguardar los derechos de los gobernados frente al poder estatal.

Dicho en otros términos, si tenemos valores, ideales y si creemos profundamente en ellos, la implementación de un sistema social, en el caso, de un sistema de justicia democrático, civilizado, respetuoso de los derechos humanos, va a ser cosa de niños, un buen juego donde todos podemos salir ganando.

A continuación a manera de reseña básica, voy a hacer mención a algunas diferencias importantes entre nuestros sistemas, que deduje a raíz de esta visita. Debo de advertir que la distinción la hago descansar más en aspectos sustanciales que en cuestiones procedimentales, pues finalmente sería en aquellos en donde deberíamos centrar nuestros primeros esfuerzos para las reformas.

LA ETICA Y LA MORAL.

En Estados Unidos la cuestión ético-moral es un importante elemento de eterna referencia en la vida jurídica, desde que se decide estudiar la carrera de Derecho, y se concentra en mayor medida en la función profesional, con la existencia de varias instituciones que revisan el actuar de los abogados. Lo más importante es que los profesionales de esta rama están convencidos de que ese tema es necesario en su desempeño. Para bien o para mal de los abogados, el tema ético es un importante referente que ha sido útil para la preservación de todo el sistema legal y para tener la confianza de la población.

En México, en cambio, la ética y la moral en la profesión jurista, hasta últimamente se ha puesto de moda con la creación de códigos de ética incluso bastante cuestionados. La ética es parte importante de los discursos oficiales, pero en la vida diaria puede ser un buen tema para las bromas y los chistes, creo que con ello desvaloramos su significado (he aquí un buen ejemplo de cómo el humor no siempre es un buen factor social). En las facultades de derecho no se enseña debidamente esos temas, los maestros creen que cumplen mejor su labor docente si enseñan a sus alumnos a hacer trampa en los litigios. De esa manera el aspecto ético puede llegar a ser considerado como un verdadero obstáculo para lograr la realización profesional de los abogados.

LA FUNCION ESENCIAL DE LOS JUECES.

En Estados Unidos se cree que la justicia ya existe en la sociedad misma, es parte de sus estructuras, si se piensa que debe de haber un momento de la creación formal de la justicia, ese momento lo remontan a la fecha cuando se le dio a este país su Constitución. Lo que siguió fue simplemente continuar, en cada acto de los miembros del Estado, a través de los tiempos, la misma voluntad inmersa en esa carta constitutiva de los principales derechos de los ciudadanos norteamericanos. Es por eso que, como lo dijo uno de nuestros maestros de Boston, el juez no dicta la sentencia, no le corresponde a él hacer justicia; incluso puede ser que al juez se le aprecie, por los sujetos ajenos al sistema, como un mero elemento decorativo del proceso; pero no es así, su presencia es realmente conceptual, esto es, resulta ser alguien con un significado más grande: representa todo un sistema de creencias profundas. En el juez confluye un sentimiento nacional, por decirlo de algún modo, y bien puede no hacer nada, pero el hecho de que se haya llegado a tener un sistema donde existen los jueces y donde se les respeta de verdad, donde además de respeta a los jurados y se cree por los ciudadanos que se puede seguir confiando en todos esos personajes, vale todo lo que se invierte en los miembros de la judicatura, pero si además tienen el control del juicio y hacen valer el orden en la sala, no se necesita mayor argumento para considerar su enorme valor como institución del Estado y, sobre todo, de la sociedad.

En México creemos (vaya ingenuidad) que a nosotros, como jueces, nos corresponde hacer la justicia en cada una de las sentencias que dictamos, a veces es tanta nuestra soberbia que aseveramos ser los únicos funcionarios estatales en los que se puede confiar para realmente administrar justicia. Lo peor es que con frecuencia esa afirmación es cierta, y más triste es que nuestras decisiones por muy apegadas que puedan estar a la justicia, o sean ejemplo de certeza jurídica y de lucidez intelectual, con frecuencia no es posible que puedan ser aplicadas y si acaso se aplican tienen muy poco efecto en la comunidad. Nuestras decisiones judiciales son por costumbre condenadas a la desconfianza de la sociedad y además representan esfuerzos aislados de aplicación de la justicia que nadie sabe si los jueces cumplen realmente con una función social.

Hemos tratado de manera insistente en que nos digan un concepto de justicia que pueda servirnos de guía para el nuevo sistema de futura implementación en México, pero la pregunta misma revela el origen de nuestro problema: el discurso hueco, la definición como palabras sin acciones concretas.

Nosotros entendemos la justicia como un sustantivo y por eso la identificamos con la sentencia dictada por el juez (el juez como único constructor de la justicia), ustedes, los juristas norteamericanos, utilizan la justicia como un verbo, como una acción inmersa en un gran todo que es el sistema social.

LO LEGAL.

Ustedes, colegas estadunidenses, ven lo legal como la parte de un todo. En su sistema de justicia lo legal no es lo más importante, sino que lo primordial es precisamente la sociedad o, para estar más acordes con su Constitución, el pueblo; por ello en los procesos suprimen formulismos que no tienen ningún beneficio para el interés social, que incluso impiden descubrir los verdaderos objetivos de los juicios; evitan figuras legales pero rescatan instituciones reales.

Nosotros, los abogados mexicanos, vemos lo legal como el todo, no podemos vivir sin las formulas sacramentales, sin el registro escrito de los argumentos y de las pruebas; creemos firmemente que la explicación determinante y que la solución final las encontramos en el entramado legal, en el proceso judicial, en la sentencia, no vemos otra solución al conflicto que no sea el castigo severo. Por eso creemos que entre más normas legales, más beneficios sociales.

LOS SISTEMAS DE REMISION JUDICIAL.

En Estados Unidos tienen un sistema de justicia basado en precedentes, con ello se pretende conseguir la certeza legal; pero no una certeza legal cualquiera sino precisamente aquella que pueda beneficiar al gobernado, pues éste va a tener la seguridad que le proporciona la sabiduría basada ciegamente en la historia de las soluciones y en un sistema de normas que poco ha cambiado desde hace más de doscientos años. La idea ha sido desde entonces proteger al pueblo, siempre el pueblo, en primer lugar el gobernado. Debo decir que hasta ahora (estando en Boston) comprendí cabal y vivamente la idea de la democracia norteamericana.

En mi país de origen nos basamos en un gran conglomerado de leyes que continuamente están cambiando, la jurisprudencia no es otra cosa que la interpretación judicial de algunas de las normas dadas por el legislador. Así como se modifican las leyes se modifican las jurisprudencias y por tanto las soluciones judiciales. Lo que en el fondo subyace, me duele reconocerlo, es la protección del Estado, tiene una mayor importancia el ente estatal que el pueblo; por eso es que se ha reconocido finalmente la importancia de reformar nuestro sistema de justicia penal, para intentar hacerlo más democrático.

LOS SIGNIFICADOS Y LAS ACTUACIONES EN LOS TRIBUNALES.

El juez, la toga, la disposición del mobiliario en la sala de juicio, los jurados, el juramento para decir la verdad, etcétera; son símbolos que revelan convergencia, respeto, unión y en general significados. Lo que vimos en las cortes son una representación de la coherencia del sistema, de la expresión de una libre voluntad de creer en algo (que finalmente es la voluntad más poderosa y trascendental). El sistema oral da lugar a esos significados, pero además se generan las condiciones para que todos y cada uno de los diversos actores de ese escenario rescaten su propia dignidad, que se sientan personas humanas; sólo en espacios como estos y bajo diseños de procesamiento como el adversarial, se logra poner la dosis indispensable de humanidad que cualquier sociedad debe rescatar aun en los temas que pudieran resultan más aberrantes como podría ser la justicia criminal.

El sistema oral en los Estados Unidos ha sido lo suficientemente probado por la historia y la tradición, es por ello que todos los funcionarios, incluso los empleados de bajo rango, pueden encontrar incentivos a su labor, diferentes al salario. Pueden llegar a creer con verdadero orgullo, como me dijo uno de los guardias de la Corte, que están haciendo un trabajo en una institución de mucha relevancia para la comunidad.

Lamentablemente en territorio mexicano los tribunales penales son, como la mayoría de las otras instituciones que se dedican al tema criminal, una especie de bodegas invariablemente desordenadas y con aspecto de mercado municipal, en los que nadie quiere invertir (“¿para qué? Si por ahí pasa lo peor de la sociedad”, dicen para justificarse).

Los tribunales que procesan asuntos criminales distan mucho de ser ejemplo de dignidad; por la clase de trabajo que realizan generalmente los empleados tienen que laborar turnos dobles, no tienen tiempo para salir a comer y aprovechan cualquier momento y cualquier lugar, para ingerir sus alimentos; el juez no puede estar en todas las diligencias, es muy común que no se presente ante el imputado y éste generalmente declara esposado resguardado detrás de unas rejas. Las otras partes, fiscal y defensa, pasan de una mesa a otra para estar en las audiencias, con frecuencia no están presentes en ellas, pero eso no importa pues pueden ir a firmar el acta en la primera oportunidad. Lo que interesa en los tribunales penales de primera instancia es cumplir con los plazos legales, con las estadísticas y mantenerse a como dé lugar dentro del presupuesto; se tiene un espíritu más cercano a lo burocrático que a una labor con ideales como debería ser la judicial. Aquí los únicos incentivos son económicos y no siempre se obtienen exclusivamente del salario oficial, de hecho existen ciertas autoridades que su principal entrada de dinero no proviene de su sueldo.

PRESUNCION DE INOCENCIA.

La presunción de inocencia es un pilar del sistema de justicia penal en este país del norte; por lo que vimos, la idea es respetar a toda costa ese principio, al grado de considerar que se traicionarían los ideales de los propios fundadores de esta Nación si se dejara de aplicar sistemáticamente ese derecho fundamental. En los juicios penales los fiscales tienen que lograr el pleno convencimiento de los jurados para condenar a una persona. Vimos y escuchamos testimonios en las cortes que conforme a nuestros parámetros probatorios, impuestos por el sistema mixto, con la mitad de lo que ahí habían dicho, ya hubiéramos condenado dos veces al mismo sujeto y nos hubiera sobrado evidencia para condenar a otro.

En México la gente no cree en la presunción de inocencia. Piensa que la presunción de culpabilidad es mejor para los fines del derecho penal y para restringir el crimen. Persiste hasta nuestros días una autentica presunción de culpabilidad, se cree que es mejor castigar que restaurar el daño. Por ello, se judicializa toda clase de asunto por muy insignificante que sean. Lo lamentable es que los propios jueces, una gran proporción, consciente o inconscientemente aplican la presunción de culpabilidad, creyendo que con eso salvan al país de la inseguridad y el crimen.

Obviamente esas soluciones tienen mucha demagogia barata que es utilizada políticamente y que, lo crean o no, sigue funcionando (al menos internamente) para justificar el sistema de tendencia inquisitiva que tenemos en México.

EL SISTEMA DE JUSTICIA Y LAS FORMAS POLITICAS.

Me ha quedado claro que en este país del norte de América, el sistema de justicia penal es democrático, e igualmente he comprendido porque tiene esa naturaleza. Todo se resume a la idea original que hace depender la legalidad y legitimación de las instituciones estatales en función de la protección de los miembros de la sociedad, esto es, el ente estatal existe para el pueblo, no al revés. Por eso la función judicial sólo es válida en la medida en la que puede servir y proteger a los ciudadanos. Es democracia hecha institución, por ende una institución que sólo se justifica si permite concretar esa idea básica.

En nuestro territorio nacional, si bien se dice que vivimos en una democracia, y se insiste tanto en ello, se incluye obsesivamente en los discursos que termina siendo una simple demagogia, parte de los hermosos discursos que siempre se dicen en los actos públicos. De esa manera, el sistema de justicia penal no puede ser democrático, porque el sistema en el cual se encuentra inmerso simplemente no tiene esa naturaleza y el sistema legal penal, por tradición, ha sido uno de los mejores instrumentos que tiene el Estado para imponer sus intereses por sobre los del pueblo. Esa es una gran diferencia que ahora pretendemos superar con un mero cambio al sistema de justicia.

En resumen, el conocimiento más valioso que he obtenido de esta visita a Boston y de las conferencias dictadas por los profesores de la Escuela Fletcher no es, como podría esperarse, la visión panorámica del sistema de justicia estadounidense, ni los pormenores de la práctica judicial vistos “in situ”, es, en cambio, esa visión concreta del enorme valor que tiene el aspecto cultural para llevar a las reformas sociales, en este caso a los anunciados y necesarios cambios en nuestro sistema de justicia penal. Considero que para una adecuada y afortunada implementación del sistema acusatorio-adversarial (en lo instrumental con más semejanzas que diferencias con el modelo norteamericano) debemos centrar gran parte de nuestro esfuerzo en lograr un profundo cambio en la manera que tenemos los operarios del sistema de justicia de pensar el tema de la solución de los conflictos de origen criminal.

Germán Martínez Cisneros. Boston, Massachusetts.

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